El año pasado, cuando el cartel de la primera parte de Crepúsculo llenaba las marquesinas, y las adolescentes -tardías o no- llenaban los cines par ver la peli, se me ocurrió hacer el fotomontaje más cutre que se recuerda

2009 fue el año del Crepus y el año de Crepúsculo, sin duda.

Este es el año de 'Luna Nueva', la segunda parte de la saga vampírica. También es el año de 'Chill Out', el nuevo disco de Joe Crepúsculo. Es más difícil sacar los retruecanos de esa coincidencia temporal. Lo que no es difícil es que la música de 'Luna Nueva' te llame la atención. En la banda sonora de esta nueva película se reune la plana mayor de lo que en su día se bautizó como "lo alternativo" -generalización grosera, pero aún así más ajustada a la realidad que vender la idea de que exista un sonido "independiente" o indie-. La mayoría grupos sin interés, como The Killers, Ok Go o Editors. La nota interesante viene de la mano de Lykke Li -inquieta y talentosa, y aún no anulada por el mundo de las multinacionales musicales-; también interesante la colaboración de Bon Iver y St. Vincent, o la creciente presencia en soportes masivos de los muy reivindicados, pero poco escuchados, Grizzly Bear.

Lo que más extraño me ha resultado ha sido ver como un Death Cab for Cutie ha sustituido a un grupo tan adolescente como Paramore en el lugar más visible de todo el entramado comercial que se teje alrededor de bandas sonoras tan golosas como esta: hay mucho dinero en juego y, si se apuesta por el que era uno de los grupos bandera de la independencia musical americana, es porque se ve la más que posible rentabilidad comercial de la jugada. Grupo desde el principio de esencia clásica, pero sin limitaciones artísticas y, aunque no de forma radical, más bien anticorporativo, Death Cab for Cutie ha ido mudando hasta lo que es hoy: una banda que hace temas impecables pero que, en gran medida, ha ido perdiendo el alma; dejando que se la chupen los vampiros, a cambio de un lugar destacado en el panorama musical entendido a lo grande, entendido como lo entiende, en este caso, Warner. Lo que pasa es que las multinacionales ni si quiera pueden prometer la vida eterna, ni tan siquiera en sentido figurado.

En el vídeo de 'Meet Me on the Equinox' incluso podemos ver a Ben Gibbard maqueado para dar el pego como apuesto ídolo juvenil. Qué gusto da verle, en contraste, cuando la imágen y los soportes promocionales nunca primaban más que el valor artístico de los discos y de las canciones. Cuando hacía temas tan imprevisiblemente hermosos como los de 'Transatlanticism' o los de 'Give up', el irrepetible disco de The Postal Service.