Las trampas de la mente
Me apetece interrumpirme a mi mismo, en mi silencio no forzado desde hace más de un mes -no me volé en Benicassìm, no-, y en mis ritmos dificultosos de trabajo de madrugada. Una pausa para colgar un precioso vídeo; algo tan sencillo como el bueno de Daniel Johnston bien acompañado y cantando en la parte de atrás de un coche que parece uno de esos bonitos taxis ingleses.
Daniel Johnston cantando es, para mi, una de las maravillas más emocionantes y emotivas que puedan existir. Sin contención y sin trucos, algo muy raro. Una flor rara que no deja de florecer, con absurdo tesón. Es pura vida brotando exageradamente, haciéndonos vivir.
Además, su propia historia, su éxito verdadero a pesar de los muchos pesares que ha tenido que enfrentar y que ha hecho afrontar a los que le han querido y cuidado, es la historia del espíritu -esa parte misteriosa del cerebro- que lucha y vence a las trabas del cuerpo, a las trampas que el mismo cerebro le tiende. El talento, el caracter, la fuerza que nuestras necesidades nos empujan a adquirir; la imperiosa necesidad de calor humano y el hambre y la sed, mortales de necesidad, sí, y que por ellas se vive... el hambre y la sed inagotable de belleza. Eso es. Necesidad y adaptación
La belleza y la felicidad, y el amor de muchos de los que le han rodeado -y que, sin duda, su premio de amor, extraño e insustituible, habrán recibido de él, en ocasiones sin entenderlo ellos mismos; muchas veces habrá sido sencillamente eso tan increible que es recibir de primera mano la luz cercana de un talento inagotable y, de nuevo, único-, la belleza y la felicidad han sido el objeto de su desorientada pero muy atinada búsqueda todos estos años: cada cosa que ha salido de él, con cuantos menos intermediarios mejor, es una flecha atravesádonos el corazón y señalando, con su cabeza, el camino. Ahí está: ahí nos sentaremos a escucharte, Daniel; ahí cerraremos los ojos y sólo serás tan hermoso como lo son tus canciones. Ahí jugaremos, como los niños, muy en serio. Ahí seremos niños y venceremos.
Si alguien ha sabido quemar al diablo con la llama de su corazón, de su coraje, de su talento, ese es Daniel Johnston. El diablo está en nuestro cerebro, y en el de Daniel arde y guarda silencio cada vez que él, como nadie más, canta, canta. Sea en una sala de conciertos, en tu sotano, en el local de ensayos o en el asiento trasero de un taxi, Daniel Johnston, no dejes de cantar.

25 ago 2009 | 11:03 AM
Precioso Raúl, muchas gracias por compartirlo. Un abrazo