El aire en movimiento
Todos los que siguen el FIB a distancia ya lo saben, también los que leen la prensa e incluso los despistados que hayan hojeado y ojeado -en pantalla- cualquier diario: viento, fuego y riesgos más o menos reales de caos y catástrofe son siempre bien recibidos en las redacciones de los periódicos. Lo cierto es que el fuego quedó en nada, gracias a un carril bici recientemente construido que sirvió de cortafuegos y permitió a los bomberos controlar el foco del incendio y, más tarde, las brasas aún encendidas cuando nos marchamos.
Eso sí, el viento, huracanado y constante, sí que tomó el protagonismo de la jornada.
Y es que ayer se canceló el programa de conciertos del FIB desde muy pronto. El concierto de las 20h en la carpa ya no pudo celebrarse, dejando a Corcobado sin su sorprendente y merecida actuación festivalera. En ese escenario ya no hubo más conciertos.
En el Fiberfib -este año escenario abierto- llegó a tocar Magazine, pero tuvieron que parar antes de tiempo. Lo mismo que Paul Weller en el escenario principal. Sólo la Silent Disco parecía mantener su actividad al máximo, quizá porque los bailongos con cascos no podían oír el ulular del viento y, luego, las advertencias de seguridad por megafonía.
Confusamente fuimos desalojados (horas más tarde) de la zona de prensa, tras mucho esperar y pasar un poco de inquietud por las paredes de la carpa y, sobre todo, por las de los sets, que se movian en un vaiven amenazador, decidimos que esa noche ya no se podría trabajar más y nos marchamos al hotel. Las noticias desde la zona de artistas eran variadas, pero tendían a coincidir en que muchos de ellos se estaban marchando y, los que se quedasen, tampoco actuarían.
Al final sólo hubo un concierto más, abreviado, de los históricos Tom Tom Club, que no fueron recibidos como merecían, pues el público -que siempre quiere sólo más y más de lo que ya conoce- no estaba dispuesto a renunciar a Kings of Lion que, según se rumoreaba ya tiempo antes, habían puesto rumbo a Valencia en cuanto vieron la que se estaba organizando. Tina Weymouth y compañía fueron los encargados de dar el mensaje: se suspendía la música hasta el día siguiente, y se animaba al público a salir del recinto y pasar por el camping. Desde allí, los mensajes que nos llegaban no eran nada halagüeños, con las tiendas de campaña amenazando volarse, una tormenta de arena cayendo por encima de todo y todos y alguna que otra escena de furor colectivo, arreones de gente, pequeñas avalanchas y algún esguince. Ojalá hoy sepamos que todo se ha quedado en eso.
Hay quien piensa que el proceder de la organización ha sido el correcto. A mi me genera dudas el saber que se mantuvo al público masivo -que, cierto es, se vuelve ingobernable: recordemos aquel funesto Festimad...- esperando, al pie del escenario verde, con sus focos, amplis colgantes, torres de video y luces... esperando además cuatro horazas, para certificar finalmente la crónica de una cancelación (que parecía) anunciada. En la zona de prensa no se nos dió un mensaje inequívoco, pero se nos invitó a estar preparados para irnos y, mientras, había gente de la organización que ya se estaba marchando. La zona de catering estaba cerrada hacía horas, y en producción los que pasaban lo hacían con casco.
Caso aparte es la actitud de gran parte del público, especialmente el inglés, más preocupado de beber y ver un concierto que de salvar la integridad física o sus pertenencias -billetes de avión incluidos, imagino-. Los que nos fuimos en el momento en que lo hicimos mis compañeros y yo acertamos: más tarde la cantidad de desplazamientos y zonas que iban quedando cerradas hicieron mucho más tortuosa la salida. No me quiero imaginar cómo debió de ser la de los campistas a los que, horas más tarde, se podía ver andando con sus mochilas por el pueblo, buscando acomodo en los cespedes de las casas con patio de vecino, o de los hoteles, o esperando a la puerta del polideportivo municipal. Lo normal hubiera sido verles ir hacia la playa, pero en una noche de remolinos de viento, tumbarse en un banco de arena no parece buena idea, sobre todo si quieres conservar las córneas y ver amanecer al día siguiente.
Antes del final accidentado del viernes festivalero, había tenido la oportunidad de disfrutar de lo lindo con el concierto de Nudozurdo, tan oscuros como siempre, con esa mezcla de after punk y , de manera no tan perceptible, canción popular española, llevada al lugar donde se cruzan la senda del guitarreo cortante con el atmosférico. Muy grandes, los madrileños nos recordaron la época en que en el FIB era habitual ver cada día a varios grupos equivalentes a lo que ellos son ahora.
Otro concierto que también destacó, por su buen sonido y por unas letras que condensan la tradición oral nuestra con influencias musicales y poéticas variadas y más o menos patentes -por ejemplo, algún verso de Pessoa cantado tal cual, casi sin adulterar-, fue el recital de Nacho Vegas. Como pasó el jueves con Fangoria, estos conciertos se convierten en el punto de encuentro del muy minoritario público nacional del festival. Se estuvo a gusto y, aunque no comparto el deleite absoluto que Vegas parece producir, estuvo muy bien verlo un rato y de paso saludar a Sergio y Joël a los que luego, con el jaleo que se organizó, fue imposible volver a ver y, además, se quedaron sin dar su concierto.
Cooper tocaba mientras en el Escenario Verde, con algo menos de público que Vegas y con un directo tan sólido como acostumbra, el bueno de Alex y su banda reunieron a los fans españoles que, probablemente, comparte con Paul Weller. La otra actuación coincidente y que, según creo, llegó a celebrarse fue la de The Paris Riots, que idearon un sistema para sortear el boicot que la decisión de la organización de no dar horarios a los asistentes -sino que los venden al precio de ¡7 euros!- supone para los artistas en escenarios más pequeños y con peores horarios: postales-flyers costeadas de su bolsillo o del de la discográfica y entregadas en mano, recordando la hora y lugar de la actuación. Además, éstas están hechas con mucho gusto, muy bonitas -aquí a mi lado tengo la mía-.
Lo mejor de la accidentada tarde-noche fue, a mi juicio, el arranque contundente del concierto de Magazine. Howard Devoto y los suyos -incluido el bajista Barry Adamson, uno de mis músicos favoritos tanto en los Bad Seeds como en solitario- tienen canciones que, con sutileza e inteligencia, rinden al público, lo elevan, lo comprimen y lo expanden. Mientras les hacía fotos no podía evitar patear el suelo, dar algún bote arrastrado por los ritmos tan marcados, las líneas de bajo contudentes, las guitarras afiladas y la voz y presencia de un cantante tan atípico y genial como Devoto. Lástima que tuvieran que terminar antes de tiempo.
Hoy parece que puede que se retome alguno de los conciertos cancelados ayer, aunque parece cuando menos difícil acomodarlos en un cartel tan apretado. Me dicen que se está reconstruyendo parte del recinto, aunque sin precisar de qué desperfectos estamos hablando.
Veremos por otro lado cómo ha conseguido pasar la noche la mayor parte del público desplazado desde el camping. De momento yo estoy encantado habiendo acogido a Sol y Carlota, dos amigas que, previsoramente, recogieron sus cosas antes de la estampida general y que duermen detrás mientras termino este texto.
El día fue largo y hoy se verán mejor sus consecuencias. Yo estoy feliz por haber salido de allí en el momento justo y estar ahora escribiendo esto.
Besos desde Benicàssim, huracanada villa tropical.

18 jul 2009 | 03:08 PM
madre mia! no me había enterado de todo esto!
23 jul 2009 | 05:40 AM
No sabía que alguien hubiese escrito sobre el FIB hasta hoy. Fui hace unos años, ni siquiera pienso decir cuando, pero veo que las cosas no han cambiado y eso que ya ha llovido...pena