Me gusta el ruído. Lo saben aquellos con los que he compartido charla musical, o a los que más de una vez he sugerido grupos, discos, canciones. Y los que han escuchado mis canciones han escuchado los ruídos a los que me gusta poner orden.

Odio el ruído. Lo saben los que me ven pasear por Madrid casi siempre con los cascos puestos, huír de bares señalados y padecer la cacofonía de trenes chirriantes, convecinos chillones y las horrísonas televisiones del metro de Madrid.

Me gusta el ruído, en las canciones. Las señales que se saturan y crujen. El ruído analógico, las válvulas a tope; también en ocasiones el ruído digital, las muestras a 8 bit. Y los ritmos que sostienen el armazón sonoro, y la melodía que aflora por entre las señales sucias.

Odio el ruído, el de la calle, el de la gente, exagerado, innecesario y constante, desordenado y que se pierde. Si se registrase, se cortase, se ordenase, podría ser música, y lo sería. Pero no, es ruído ¡ruído malo! Y su único antídoto es el ruído generado... hecho en casa. Y registrado es casa -muchas veces, bajo la apariencia de estar en silencio: prodigios de los sistemas de grabación digital-. O escuchado en las canciones ajenas, lo-fi lo llaman, por cómo se graba, por cómo se toca, por cómo se mezcla y, a veces, por cómo se queda sin masterizar.

Para el segundo disco puede que me decante por el tecno casero de baja fidelidad, o quizá por el punk de dormitorio. Sea lo que sea, mientras termino el primero, voy probando cómo sonará el segundo. ¿Me estallarán los tímpanos entretanto?

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Para paliar el posible mal sabor de boca (y oído) de mis guitarrazos sin compás y baquetazos en la mesa sobre la que se apoya el micro -eso y poco más es lo que suena antes-, a continuación me propongo subsanar tan mal punk con otro muy bueno, gloriosamente sucio y sorprendentemente energético y melódico. No Age, casi casi casi mi grupo favorito de la actualidad.