Premio y castigo
El sábado estuve como invitado en la ceremonia de premios de la UFI, Unión Fonográfica Independiente. Y aunque no cabe duda que muchas de las pequeñas discográficas que están representadas en ese organismo merecerán todos los reconocimientos y galardones habidos y por haber, creo que de una gala como la de aquella noche no se puede salir sin una valoración ni tan festiva ni complaciente como uno querría. Tampoco es que fuese algo terrible, sino simplemente un evento que no da tan buena impresión como pretende.
Impresión que, no obstante, deja al margen el criterio más que discutible para seleccionar, primero, a los nominados, y sobre todo después a los premiados; al margen incluso la inevitable tendencia al posibilismo en la selección de actuaciones -con una notable excepción ayer, la de Los Punsetes, el resto de actuaciones daban la impresión que eran las que habían podido ser y se habían procurado mezclar con el menos malo de los tinos, porque los artistas de relumbrón andan por estas fechas de gira y porque no es fácil hacer compatible jazz abstracto, insípido chicle gótico, música clásica contemporanea, rap sevillano, folk anglófilo, perroflautismo mestizante, flamenco modernizado y pop-rock con fundamento en un menú digesitvo, salvo que cada plato sea de calidad excelsa, que no todos lo fueron-.
Dejemos al margen incluso de que si en una reunión de la plana mayor del indie patrio estoy yo sentado en un asiento reservado, es que algo falla...
Aún ignorando a conciencia todo lo anterior, uno saca la impresión de que las galas de entregas de premios, o bien se urden como mero espectáculo adosado a un besamanos mutuo entre la plana mayor de una industria o sector cultural industrializado, o bien siempre se abismarán hacia lo aburrido, lo ya visto y lo previsible; y hacia lo -en el mejor de los casos- entrañablemente cutre.
Las entregas de premios tienen, en prácticamente todos los casos, ese componente de palmadita en el hombro que te doy para que me des tú otra a mí a continuación, en el siguiente premio o el año que viene, si es que sé ser paciente.
Hay a quien eso le gusta mucho, a mi me disgustaría vivirlo y me disgusta verlo.
Sería absurdo no obstante cargar contra los que menos pueden, en un mundo, el discográfico, en el que los poderosos se han comportado con toda la arrogancia a la que el poder suele servir de abono, y ahora unos y otros se enfrentan a las consecuencias de un proceso imparable de gratuidad forzosa y generalizada de la música grabada, y todos necesitan saberse apoyados. Los del poder fonográfico, por los del poder político y económico. Los fonográficamente independientes y pobres, apartados de ese poder, se conforman con saberse queridos y admirados por sus iguales. El problema menor es si es amor verdadero...
El problema mayor, no ya sobre la identidad gala de premios = castigo contra el entretenimeinto, sino sobre el fondo de lo visto, oído y pensado el sábado, es el problema de las ausencias. Por un lado, faltaron premiados diversos, de los que dan substancia a estos regímenes de reconocimiento público y distintos de los que serían premiados como "alternativos" por la cultura e industria oficiales. Y faltaron también galardonados que no levantasen razonables sospechas de filiación proclive a recibir premios, o sea, lo que se conoce como tener padrinos o como amiguismo.
Por otro lado, eché de menos en la gala -y echo de menos al leer la relación de discográficas inscritas en la UFI- a los que llevan la independencia un paso más allá, al terreno en el que se libra la auténtica batalla discográfica. La revolución.
Me refiero a los menesterosos y marginales de la cultura discográfica oficial -y de la independencia oficializada-, que organizan cooperativas en las que los artistas apuestan por su obra, asumiendo la nueva situación de mercado, adelantándose con una sonrisa a lo inevitable y regalando la escucha de su música y proponiendo la compra-venta de la misma, para quien hace un uso responsable del don de la gratuidad recibido a través de la Red, en descargas económicas y de alta calidad o en formatos físicos atractivos y ajustados de precio, o bien en forma de conciertos, recitales que ahora están viviendo una verdadera edad de oro, a pesar de que las administraciones locales muchas veces no sólo no favorecen la espontaneidad de las manifestaciones culturales sino que, alevosamente, perjudican a los promotores arriesgados y en cambio ayudan a los que no necesitan más auxilio que el necesario para pasar de millonarios a multimillonarios.
Los de la UFI en ningún caso son los malos. Entre ellos se encuentran auténticos heroes, como mis queridísimos Elefant Records, que por cierto me resultó llamativo no fuesen distinguidos como la mejor discográfica del año, en su 20 aniversario y habiendo arrojado luz en 2008 sobre la sombría separación entre lo indie y lo popular, con un lanzamiento como 'La Revolución Sexual' de La Casa Azul.
Como puntos positivos de la noche del sábado, hay que decir que el tono autoreivindicativo fue bastante moderado, no se nos sonrojó mediante el ejerció de palabra dicha el victimismo -a pesar de que un panfleto que esperaba en su asiento a los invitados aventuraba justo lo contrario-, la presentación fue ligera y graciosa -Joaquín Reyes, haciendo buen humor, no exento de pullas lanzadas contra el lomo previamente palmeado de los premiados- y que, hay que subrayarlo, es verdad que mucha de la gente que estaba presente puede estar orgullosa de su notable ejercicio de la actividad empresarial al servicio de productos musicales que las multinacionales jamás publicarían.
Al final, lo importante es que los artistas que hacen música que nos dice cosas fundamentales sobre nuestra vida, y nos ayuda a vivirla y orientarla hacia el fin único, que es la felicidad, puedan sacar sus canciones a la luz de la mejor de las maneras y recibiendo el mejor trato posible en todo el proceso de composición, grabación, publicación, promoción y presentación del material en directo.
Que reciban premios por ello, es un añadido que a algunos motivará y a otros dará igual o incluso puede que provoque recelos.
Que las galas en que se entreguen esas distinciones, estatuillas o -como el caso de la de la UFI, theremines caseros- serán fiestas incompletas y aburridas, como un pequeño castigo entre tanto vaivén de premios, eso es algo que el ser humano aún no ha sabido como evitar.
Si amablemente nos han invitado a unos premios, iremos agradecidos y con la mejor sonrisa y, como hombres de mundo, nos aburriremos y aplaudiremos; eso, de antemano, ya lo sabemos.
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Lo mejor de la noche fue sin duda la ya citada actuación de Los Punsetes, interpretando 'Dos policías' con la convicción de siempre y un sonido potente que merecería haber tenido al público en pie. También fue destacable la simpatía de la cantante de Maui y los Sirénidos al recoger su premio y la potencia, justa de definición pero refrescante, de la actuación de Paco Loco Band junto con Remate, un músico de talento excepcional que ojalá saque su próximo disco en castellano, porque su pop de tantísima calidad ganaría probablemente sentimiento y capacidad de transmitirlo con inmediatez.
Lo mejor, para mí, la buenísima charla que me pegué con Inma y Fran, los Mano de Santo, de los que a continuación y para terminar este post largo y aburrido como una gala, recupero el ameno videoclip de una de sus mejores canciones:

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