Verano azul
Es mi diagnóstico, definitivo:
Que llegue el otoño ya, por favor.
Es mi diagnóstico, definitivo:
Que llegue el otoño ya, por favor.
Me apetece interrumpirme a mi mismo, en mi silencio no forzado desde hace más de un mes -no me volé en Benicassìm, no-, y en mis ritmos dificultosos de trabajo de madrugada. Una pausa para colgar un precioso vídeo; algo tan sencillo como el bueno de Daniel Johnston bien acompañado y cantando en la parte de atrás de un coche que parece uno de esos bonitos taxis ingleses.
Daniel Johnston cantando es, para mi, una de las maravillas más emocionantes y emotivas que puedan existir. Sin contención y sin trucos, algo muy raro. Una flor rara que no deja de florecer, con absurdo tesón. Es pura vida brotando exageradamente, haciéndonos vivir.
Además, su propia historia, su éxito verdadero a pesar de los muchos pesares que ha tenido que enfrentar y que ha hecho afrontar a los que le han querido y cuidado, es la historia del espíritu -esa parte misteriosa del cerebro- que lucha y vence a las trabas del cuerpo, a las trampas que el mismo cerebro le tiende. El talento, el caracter, la fuerza que nuestras necesidades nos empujan a adquirir; la imperiosa necesidad de calor humano y el hambre y la sed, mortales de necesidad, sí, y que por ellas se vive... el hambre y la sed inagotable de belleza. Eso es. Necesidad y adaptación
La belleza y la felicidad, y el amor de muchos de los que le han rodeado -y que, sin duda, su premio de amor, extraño e insustituible, habrán recibido de él, en ocasiones sin entenderlo ellos mismos; muchas veces habrá sido sencillamente eso tan increible que es recibir de primera mano la luz cercana de un talento inagotable y, de nuevo, único-, la belleza y la felicidad han sido el objeto de su desorientada pero muy atinada búsqueda todos estos años: cada cosa que ha salido de él, con cuantos menos intermediarios mejor, es una flecha atravesádonos el corazón y señalando, con su cabeza, el camino. Ahí está: ahí nos sentaremos a escucharte, Daniel; ahí cerraremos los ojos y sólo serás tan hermoso como lo son tus canciones. Ahí jugaremos, como los niños, muy en serio. Ahí seremos niños y venceremos.
Si alguien ha sabido quemar al diablo con la llama de su corazón, de su coraje, de su talento, ese es Daniel Johnston. El diablo está en nuestro cerebro, y en el de Daniel arde y guarda silencio cada vez que él, como nadie más, canta, canta. Sea en una sala de conciertos, en tu sotano, en el local de ensayos o en el asiento trasero de un taxi, Daniel Johnston, no dejes de cantar.
Todos los que siguen el FIB a distancia ya lo saben, también los que leen la prensa e incluso los despistados que hayan hojeado y ojeado -en pantalla- cualquier diario: viento, fuego y riesgos más o menos reales de caos y catástrofe son siempre bien recibidos en las redacciones de los periódicos. Lo cierto es que el fuego quedó en nada, gracias a un carril bici recientemente construido que sirvió de cortafuegos y permitió a los bomberos controlar el foco del incendio y, más tarde, las brasas aún encendidas cuando nos marchamos.
Eso sí, el viento, huracanado y constante, sí que tomó el protagonismo de la jornada.
Y es que ayer se canceló el programa de conciertos del FIB desde muy pronto. El concierto de las 20h en la carpa ya no pudo celebrarse, dejando a Corcobado sin su sorprendente y merecida actuación festivalera. En ese escenario ya no hubo más conciertos.
En el Fiberfib -este año escenario abierto- llegó a tocar Magazine, pero tuvieron que parar antes de tiempo. Lo mismo que Paul Weller en el escenario principal. Sólo la Silent Disco parecía mantener su actividad al máximo, quizá porque los bailongos con cascos no podían oír el ulular del viento y, luego, las advertencias de seguridad por megafonía.
Confusamente fuimos desalojados (horas más tarde) de la zona de prensa, tras mucho esperar y pasar un poco de inquietud por las paredes de la carpa y, sobre todo, por las de los sets, que se movian en un vaiven amenazador, decidimos que esa noche ya no se podría trabajar más y nos marchamos al hotel. Las noticias desde la zona de artistas eran variadas, pero tendían a coincidir en que muchos de ellos se estaban marchando y, los que se quedasen, tampoco actuarían.
Al final sólo hubo un concierto más, abreviado, de los históricos Tom Tom Club, que no fueron recibidos como merecían, pues el público -que siempre quiere sólo más y más de lo que ya conoce- no estaba dispuesto a renunciar a Kings of Lion que, según se rumoreaba ya tiempo antes, habían puesto rumbo a Valencia en cuanto vieron la que se estaba organizando. Tina Weymouth y compañía fueron los encargados de dar el mensaje: se suspendía la música hasta el día siguiente, y se animaba al público a salir del recinto y pasar por el camping. Desde allí, los mensajes que nos llegaban no eran nada halagüeños, con las tiendas de campaña amenazando volarse, una tormenta de arena cayendo por encima de todo y todos y alguna que otra escena de furor colectivo, arreones de gente, pequeñas avalanchas y algún esguince. Ojalá hoy sepamos que todo se ha quedado en eso.
Hay quien piensa que el proceder de la organización ha sido el correcto. A mi me genera dudas el saber que se mantuvo al público masivo -que, cierto es, se vuelve ingobernable: recordemos aquel funesto Festimad...- esperando, al pie del escenario verde, con sus focos, amplis colgantes, torres de video y luces... esperando además cuatro horazas, para certificar finalmente la crónica de una cancelación (que parecía) anunciada. En la zona de prensa no se nos dió un mensaje inequívoco, pero se nos invitó a estar preparados para irnos y, mientras, había gente de la organización que ya se estaba marchando. La zona de catering estaba cerrada hacía horas, y en producción los que pasaban lo hacían con casco.
Caso aparte es la actitud de gran parte del público, especialmente el inglés, más preocupado de beber y ver un concierto que de salvar la integridad física o sus pertenencias -billetes de avión incluidos, imagino-. Los que nos fuimos en el momento en que lo hicimos mis compañeros y yo acertamos: más tarde la cantidad de desplazamientos y zonas que iban quedando cerradas hicieron mucho más tortuosa la salida. No me quiero imaginar cómo debió de ser la de los campistas a los que, horas más tarde, se podía ver andando con sus mochilas por el pueblo, buscando acomodo en los cespedes de las casas con patio de vecino, o de los hoteles, o esperando a la puerta del polideportivo municipal. Lo normal hubiera sido verles ir hacia la playa, pero en una noche de remolinos de viento, tumbarse en un banco de arena no parece buena idea, sobre todo si quieres conservar las córneas y ver amanecer al día siguiente.
Antes del final accidentado del viernes festivalero, había tenido la oportunidad de disfrutar de lo lindo con el concierto de Nudozurdo, tan oscuros como siempre, con esa mezcla de after punk y , de manera no tan perceptible, canción popular española, llevada al lugar donde se cruzan la senda del guitarreo cortante con el atmosférico. Muy grandes, los madrileños nos recordaron la época en que en el FIB era habitual ver cada día a varios grupos equivalentes a lo que ellos son ahora.
Otro concierto que también destacó, por su buen sonido y por unas letras que condensan la tradición oral nuestra con influencias musicales y poéticas variadas y más o menos patentes -por ejemplo, algún verso de Pessoa cantado tal cual, casi sin adulterar-, fue el recital de Nacho Vegas. Como pasó el jueves con Fangoria, estos conciertos se convierten en el punto de encuentro del muy minoritario público nacional del festival. Se estuvo a gusto y, aunque no comparto el deleite absoluto que Vegas parece producir, estuvo muy bien verlo un rato y de paso saludar a Sergio y Joël a los que luego, con el jaleo que se organizó, fue imposible volver a ver y, además, se quedaron sin dar su concierto.
Cooper tocaba mientras en el Escenario Verde, con algo menos de público que Vegas y con un directo tan sólido como acostumbra, el bueno de Alex y su banda reunieron a los fans españoles que, probablemente, comparte con Paul Weller. La otra actuación coincidente y que, según creo, llegó a celebrarse fue la de The Paris Riots, que idearon un sistema para sortear el boicot que la decisión de la organización de no dar horarios a los asistentes -sino que los venden al precio de ¡7 euros!- supone para los artistas en escenarios más pequeños y con peores horarios: postales-flyers costeadas de su bolsillo o del de la discográfica y entregadas en mano, recordando la hora y lugar de la actuación. Además, éstas están hechas con mucho gusto, muy bonitas -aquí a mi lado tengo la mía-.
Lo mejor de la accidentada tarde-noche fue, a mi juicio, el arranque contundente del concierto de Magazine. Howard Devoto y los suyos -incluido el bajista Barry Adamson, uno de mis músicos favoritos tanto en los Bad Seeds como en solitario- tienen canciones que, con sutileza e inteligencia, rinden al público, lo elevan, lo comprimen y lo expanden. Mientras les hacía fotos no podía evitar patear el suelo, dar algún bote arrastrado por los ritmos tan marcados, las líneas de bajo contudentes, las guitarras afiladas y la voz y presencia de un cantante tan atípico y genial como Devoto. Lástima que tuvieran que terminar antes de tiempo.
Hoy parece que puede que se retome alguno de los conciertos cancelados ayer, aunque parece cuando menos difícil acomodarlos en un cartel tan apretado. Me dicen que se está reconstruyendo parte del recinto, aunque sin precisar de qué desperfectos estamos hablando.
Veremos por otro lado cómo ha conseguido pasar la noche la mayor parte del público desplazado desde el camping. De momento yo estoy encantado habiendo acogido a Sol y Carlota, dos amigas que, previsoramente, recogieron sus cosas antes de la estampida general y que duermen detrás mientras termino este texto.
El día fue largo y hoy se verán mejor sus consecuencias. Yo estoy feliz por haber salido de allí en el momento justo y estar ahora escribiendo esto.
Besos desde Benicàssim, huracanada villa tropical.
Bueno, al mar poco, lo justo justísimo. Que estoy desde ayer en Benicàssim y aquí, con trabajo por hacer, la playa es casi una ficción -si acaso, una visita obligada, pero puntual-.
Ayer empezó la cosa con el lleno más exageradamenten enorme de la historia del Escenario Verde, en el concierto de Oasis, que se habían traido entera (y ebria) a la población de Manchester. Sobre el escenario Liam, que en lugar de voz tiene un cascajo, y Noël, con el que los años han sido más benevolo, porque al ser horrendo ya de joven no se le han notado la década y media larga que lleva encadenando drogas y cada vez peores canciones. Son una parodia de grupo y el público que los aclama, necesariamente, una parodia de público. Afortunadamente esto no tiene nada que ver con lo alternativo ni la independecia. Tendrán si acaso algo que ver con la decadencia, que rima.
Lo mejor de la jornada de ayer fue sin duda estar con los amigos, eso siempre. En particular me hizo ilusión charlar un rato con Ana y David, a los que no veo tan a menudo como quisiera pero que siempre están presentes en mi vida, con sus canciones maravillosas. Su concierto fue de menos -problemas de sonido al principio- a más, con un final hermoso, emocionante, con el público dando palmas y coreando entregado las letras de 'ADN' o 'De momento abril'. Se hacen querer y yo les quiero.
Conciertazos hubo dos principalmente: Telepathe, con un repertorio perfectamente organizado y que fue en constante crecimiento para lograr, al final, unir las ganas de beats fiesteros con la sutileza de atmósferas y voces hipnóticas. Busy y Melissa resultan cercanas y a la vez enigmáticas, mezclan en escena comodidades digitales con crujientes texturas analógicas y algún elemento percusivo orgánico. Suenan distinto, sí. Y eso no es nada habitual.
Y, coincidiendo parcialmente en horario con las neoyorquinas, Gang of Four, que disiparon las ranozables dudas que me asaltan sobre estos primeros encuentros tardíos, con grupos míticos con cancioneros tan influyentes como trillados-. Ofrecieron un directo contundente, lleno de entrega e histrionismo del bueno, poniendo de manifiesto que, mientras los éxitos de otros grupos -vease Oasis- envejecen mal y más rápidamente, la básica perfección de los temas de 'Entertainment!' sigue de actualidad, suena fresca y debería servir de lección a los abundantes imitadores que modelan sus canciones a imagen del llamado punk-funk original, y no les salen sino fotocopias desvaidas, sin tinta ni sangre, sin mordiente, sin abrasión. Gang of Four no son The Fall -Mark E. Smith puede hacer un concierto completo con las canciones que haya compuesto en sólo el último año y ya le saldría algo redondo (a la vez que lleno de aristas)- pero demostraron su talla, y que esta es enorme, tanto la histórica como la actual.
No estuvieron mal Mistery Jets, con su pop-rock pegadizo, The Bishops, simpáticos y divertidos, o incluso Anni B Sweet que, aunque el mal llamado nuevo pop-folk -quizá folk americano, porque el español no tiene nada que ver con lo que hacen Ana Anni o Lourdes Russian- no sea muy de mi gusto, dio un concierto destacable, de lo mejor del día. Ella muy bien plantada en el escenario, con una banda brillante arropándola y con canciones que, si bien a mi oído se parecen bastante entre sí, llegaron al público desde el primer momento. Hacia el final del concierto se había llenado la carpa. Notable alto para su debut festivalero.
The View pasaron con solvencia por es Escenario Verde, sin dejarme huella alguna, igual los simpáticos Naive New Beaters por la carpa. A Glasvegas los estuve viendo un rato: hooliganismo mezclado con épica, para un cóctel de espiritualidad macarra y guitarras densas sobre ritmos contundentes que convece sólo a medias y al que vino muy grande el escenario principal del festival; bien por la batería, mal por el cantante.
A Fangoria o We Are Standard me los perdí, ya sin ninguna pena. Y a The Walkmen con bastante lástima. A No Reply, si no hubiera tenido que ir a sacarles fotos, me los hubiese perdido muy felizmente. Del directo de Oblique me han hablado muy bien; yo no llegué a verlo, pero me alegro mucho por ellos. De Los Coronas pude ver un momento y creo que dieron un conciertazo de surf-rock como casi ningún grupo de la actualidad puede ofrecer. Olé también por su presencia aquí.
He ido sacando fotos de casi todo lo citado pero, como estoy en funciones de periodista para MTV España, me temo que no puedo subir ninguna foto que haya hecho, al menos de momento. Así que copio y pego un videoclip de Telepathe y se lo dedico a mi amiga Jessica, que fue la primera en hablarme de este importante duo.
Besos para todos desde Benicàssim, pequeña villa inglesa, ¡todo un Gibraltar en la costa este!
Me gusta el ruído. Lo saben aquellos con los que he compartido charla musical, o a los que más de una vez he sugerido grupos, discos, canciones. Y los que han escuchado mis canciones han escuchado los ruídos a los que me gusta poner orden.
Odio el ruído. Lo saben los que me ven pasear por Madrid casi siempre con los cascos puestos, huír de bares señalados y padecer la cacofonía de trenes chirriantes, convecinos chillones y las horrísonas televisiones del metro de Madrid.
Me gusta el ruído, en las canciones. Las señales que se saturan y crujen. El ruído analógico, las válvulas a tope; también en ocasiones el ruído digital, las muestras a 8 bit. Y los ritmos que sostienen el armazón sonoro, y la melodía que aflora por entre las señales sucias.
Odio el ruído, el de la calle, el de la gente, exagerado, innecesario y constante, desordenado y que se pierde. Si se registrase, se cortase, se ordenase, podría ser música, y lo sería. Pero no, es ruído ¡ruído malo! Y su único antídoto es el ruído generado... hecho en casa. Y registrado es casa -muchas veces, bajo la apariencia de estar en silencio: prodigios de los sistemas de grabación digital-. O escuchado en las canciones ajenas, lo-fi lo llaman, por cómo se graba, por cómo se toca, por cómo se mezcla y, a veces, por cómo se queda sin masterizar.
Para el segundo disco puede que me decante por el tecno casero de baja fidelidad, o quizá por el punk de dormitorio. Sea lo que sea, mientras termino el primero, voy probando cómo sonará el segundo. ¿Me estallarán los tímpanos entretanto?
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Para paliar el posible mal sabor de boca (y oído) de mis guitarrazos sin compás y baquetazos en la mesa sobre la que se apoya el micro -eso y poco más es lo que suena antes-, a continuación me propongo subsanar tan mal punk con otro muy bueno, gloriosamente sucio y sorprendentemente energético y melódico. No Age, casi casi casi mi grupo favorito de la actualidad.
Es curioso cuando descubres un vídeo que, normalmente, deberías conocer desde hace ya décadas. Este en concreto es del año en que nací, o sea, que podría haberlo visto de muy muy pequeño y, creo yo, me hubiese impresionado lo suficiente como para acordarme ya siempre.
Claro que entonces YouTube no existía y, ahora que existe, uno tampoco tiene el tiempo necesario para buscar todas las canciones favoritas a ver si tienen clip.
Este es el de uno de los más míticos temas del mítico dúo Suicide, uno de mis grupos favoritos -también Alan Vega y Martin Rev, por separado, son dos de mis músicos de cabecera-. Y resulta que el vídeo también es algo así como un clásico de la historia del musical de corta duración.
La escatología, fuente casi inagotable de oposición a los sinsabores del día a día.
En el culo o por el culo.
Lugar adecuado para que tanto tonto se metiese tantas cosas a lo largo del día, no sólo los mitos. Aunque no sería mal comienzo.
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Hoy días que sólo lo decididamente popular mezclado con el punk de espíritu, lo contundente y humilde y trascendental, puede ayudar.
'Humildad trascendental' de Tarántula me ha ayudado a deshacer hoy el nudo -gordiano, por supuesto- que se me estaba haciendo en la garganta a base de tragar saliva, bilis y bocanadas de aire acondicionado.
Si hay alguien que aún no lo haya escuchado, puede descargarselo gratis aquí.
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Una última pregunta, lanzada al aire: ¿el punk es todo lo que me gusta? ¿O todo lo que me gusta es punk? ¿Para que una canción me guste, tiene que ser punk? ¿Si es punk, ya me gustará seguro?
O quizá haya otros retruecanos más acertados que salgan de conmutar los elementos de la oración anterior.
En todo caso ¿qué es punk? Otro día intentaré proponer un significado, claro que sí.
El sábado estuve como invitado en la ceremonia de premios de la UFI, Unión Fonográfica Independiente. Y aunque no cabe duda que muchas de las pequeñas discográficas que están representadas en ese organismo merecerán todos los reconocimientos y galardones habidos y por haber, creo que de una gala como la de aquella noche no se puede salir sin una valoración ni tan festiva ni complaciente como uno querría. Tampoco es que fuese algo terrible, sino simplemente un evento que no da tan buena impresión como pretende.
Impresión que, no obstante, deja al margen el criterio más que discutible para seleccionar, primero, a los nominados, y sobre todo después a los premiados; al margen incluso la inevitable tendencia al posibilismo en la selección de actuaciones -con una notable excepción ayer, la de Los Punsetes, el resto de actuaciones daban la impresión que eran las que habían podido ser y se habían procurado mezclar con el menos malo de los tinos, porque los artistas de relumbrón andan por estas fechas de gira y porque no es fácil hacer compatible jazz abstracto, insípido chicle gótico, música clásica contemporanea, rap sevillano, folk anglófilo, perroflautismo mestizante, flamenco modernizado y pop-rock con fundamento en un menú digesitvo, salvo que cada plato sea de calidad excelsa, que no todos lo fueron-.
Dejemos al margen incluso de que si en una reunión de la plana mayor del indie patrio estoy yo sentado en un asiento reservado, es que algo falla...
Aún ignorando a conciencia todo lo anterior, uno saca la impresión de que las galas de entregas de premios, o bien se urden como mero espectáculo adosado a un besamanos mutuo entre la plana mayor de una industria o sector cultural industrializado, o bien siempre se abismarán hacia lo aburrido, lo ya visto y lo previsible; y hacia lo -en el mejor de los casos- entrañablemente cutre.
Las entregas de premios tienen, en prácticamente todos los casos, ese componente de palmadita en el hombro que te doy para que me des tú otra a mí a continuación, en el siguiente premio o el año que viene, si es que sé ser paciente.
Hay a quien eso le gusta mucho, a mi me disgustaría vivirlo y me disgusta verlo.
Sería absurdo no obstante cargar contra los que menos pueden, en un mundo, el discográfico, en el que los poderosos se han comportado con toda la arrogancia a la que el poder suele servir de abono, y ahora unos y otros se enfrentan a las consecuencias de un proceso imparable de gratuidad forzosa y generalizada de la música grabada, y todos necesitan saberse apoyados. Los del poder fonográfico, por los del poder político y económico. Los fonográficamente independientes y pobres, apartados de ese poder, se conforman con saberse queridos y admirados por sus iguales. El problema menor es si es amor verdadero...
El problema mayor, no ya sobre la identidad gala de premios = castigo contra el entretenimeinto, sino sobre el fondo de lo visto, oído y pensado el sábado, es el problema de las ausencias. Por un lado, faltaron premiados diversos, de los que dan substancia a estos regímenes de reconocimiento público y distintos de los que serían premiados como "alternativos" por la cultura e industria oficiales. Y faltaron también galardonados que no levantasen razonables sospechas de filiación proclive a recibir premios, o sea, lo que se conoce como tener padrinos o como amiguismo.
Por otro lado, eché de menos en la gala -y echo de menos al leer la relación de discográficas inscritas en la UFI- a los que llevan la independencia un paso más allá, al terreno en el que se libra la auténtica batalla discográfica. La revolución.
Me refiero a los menesterosos y marginales de la cultura discográfica oficial -y de la independencia oficializada-, que organizan cooperativas en las que los artistas apuestan por su obra, asumiendo la nueva situación de mercado, adelantándose con una sonrisa a lo inevitable y regalando la escucha de su música y proponiendo la compra-venta de la misma, para quien hace un uso responsable del don de la gratuidad recibido a través de la Red, en descargas económicas y de alta calidad o en formatos físicos atractivos y ajustados de precio, o bien en forma de conciertos, recitales que ahora están viviendo una verdadera edad de oro, a pesar de que las administraciones locales muchas veces no sólo no favorecen la espontaneidad de las manifestaciones culturales sino que, alevosamente, perjudican a los promotores arriesgados y en cambio ayudan a los que no necesitan más auxilio que el necesario para pasar de millonarios a multimillonarios.
Los de la UFI en ningún caso son los malos. Entre ellos se encuentran auténticos heroes, como mis queridísimos Elefant Records, que por cierto me resultó llamativo no fuesen distinguidos como la mejor discográfica del año, en su 20 aniversario y habiendo arrojado luz en 2008 sobre la sombría separación entre lo indie y lo popular, con un lanzamiento como 'La Revolución Sexual' de La Casa Azul.
Como puntos positivos de la noche del sábado, hay que decir que el tono autoreivindicativo fue bastante moderado, no se nos sonrojó mediante el ejerció de palabra dicha el victimismo -a pesar de que un panfleto que esperaba en su asiento a los invitados aventuraba justo lo contrario-, la presentación fue ligera y graciosa -Joaquín Reyes, haciendo buen humor, no exento de pullas lanzadas contra el lomo previamente palmeado de los premiados- y que, hay que subrayarlo, es verdad que mucha de la gente que estaba presente puede estar orgullosa de su notable ejercicio de la actividad empresarial al servicio de productos musicales que las multinacionales jamás publicarían.
Al final, lo importante es que los artistas que hacen música que nos dice cosas fundamentales sobre nuestra vida, y nos ayuda a vivirla y orientarla hacia el fin único, que es la felicidad, puedan sacar sus canciones a la luz de la mejor de las maneras y recibiendo el mejor trato posible en todo el proceso de composición, grabación, publicación, promoción y presentación del material en directo.
Que reciban premios por ello, es un añadido que a algunos motivará y a otros dará igual o incluso puede que provoque recelos.
Que las galas en que se entreguen esas distinciones, estatuillas o -como el caso de la de la UFI, theremines caseros- serán fiestas incompletas y aburridas, como un pequeño castigo entre tanto vaivén de premios, eso es algo que el ser humano aún no ha sabido como evitar.
Si amablemente nos han invitado a unos premios, iremos agradecidos y con la mejor sonrisa y, como hombres de mundo, nos aburriremos y aplaudiremos; eso, de antemano, ya lo sabemos.
***
Lo mejor de la noche fue sin duda la ya citada actuación de Los Punsetes, interpretando 'Dos policías' con la convicción de siempre y un sonido potente que merecería haber tenido al público en pie. También fue destacable la simpatía de la cantante de Maui y los Sirénidos al recoger su premio y la potencia, justa de definición pero refrescante, de la actuación de Paco Loco Band junto con Remate, un músico de talento excepcional que ojalá saque su próximo disco en castellano, porque su pop de tantísima calidad ganaría probablemente sentimiento y capacidad de transmitirlo con inmediatez.
Lo mejor, para mí, la buenísima charla que me pegué con Inma y Fran, los Mano de Santo, de los que a continuación y para terminar este post largo y aburrido como una gala, recupero el ameno videoclip de una de sus mejores canciones: